La sabiduría no es otra cosa que la medida del espíritu, es decir, la que nivela al espíritu para que no se extralimite ni se estreche.
San Agustín
La sabiduría no es otra cosa que la medida del espíritu, es decir, la que nivela al espíritu para que no se extralimite ni se estreche.
San Agustín
Si hay un punto en el que todos los sectores de la vida nacional parecen estar absolutamente de acuerdo es el que se refiere a la necesidad de fortalecer la educación y, sobre todo, de incrementar los recursos que se destinan a su financiamiento. A la hora de las declaraciones formales y de la enunciación de buenos propósitos, toda la dirigencia suele coincidir en que es urgente brindarle al sector educativo el mayor apoyo presupuestario que resulte posible.
Eso explica el beneplácito general con que ha sido recibido el proyecto de ley por el cual se establece que el presupuesto educativo consolidado del gobierno nacional, del conjunto de las jurisdicciones provinciales y de la ciudad autónoma de Buenos Aires deberá ser incrementado, en el curso de los próximos cinco años, en 9000 millones de pesos o en una suma tal que el gasto destinado al sector se eleve, progresivamente, hasta llegar al 6% del Producto Bruto Interno (PBI).
Se trata de una propuesta de extraordinaria importancia para el destino de la Nación. No sólo por el impulso efectivo que se le intenta dar al sistema de enseñanza -fundamental, como tantas veces se ha dicho, para el progreso y el desarrollo de la República- sino también como señal del valor simbólico que los argentinos le estamos otorgando a la celebración del bicentenario de la patria. Pero esa meta no es un punto de llegada sino una base para emprender acciones esenciales para garantizar una educación para todos, que incluya especialmente a los sectores más postergados entre los beneficiarios de una educación de calidad.
La extensión del tiempo escolar, la ampliación de la cobertura del jardín de infantes, el afianzamiento de experiencias como las de aprendizaje en servicio -entre otros temas desarrollados en este suplemento-, constituyen desafíos impostergables para llegar a una enseñanza de calidad para todos, meta que el país debe fijarse sin divisiones.
Al fijar la meta de un presupuesto educativo que no sea inferior al 6% del PBI, el proyecto elaborado por el equipo que conduce el ministro Daniel Filmus pretende situar a la Argentina entre las naciones que privilegian el desarrollo de su capital humano como requisito estratégico para su crecimiento estructural.
Pero si el proyecto de ley enviado por el Poder Ejecutivo al Senado constituye un paso hacia la recuperación del sector educativo, no menos importante será que el país entero se comprometa a que la ley, una vez sancionada, sea cumplida en todos sus términos. Decimos esto porque hay antecedentes que hacen surgir dudas sobre la coherencia entre aquello que los argentinos proclamamos y sancionamos enfáticamente en un determinado momento y los hechos que más tarde somos capaces de producir.
No está de más recordar, en ese sentido, que en 1993 se sancionó la ley 24.195, que en su artículo 61 establecía ya para el financiamiento educativo un monto presupuestario equivalente al 6% del PBI. La incorporación de esa cláusula se debió, en aquel momento, a una iniciativa del senador por Corrientes José Antonio Romero Feris. Pero ese punto nunca fue cumplido y el presupuesto educativo siguió estando notoriamente por debajo del 6% del PBI.
El país debe reflexionar sobre estas cuestiones no para atribuir culpas o responsabilidades ni para formular reproches por los incumplimientos del pasado. Se trata ahora de avanzar con firme determinación hacia adelante. Todo indica que ha sonado, por fin, la hora de la gran reconstrucción del sistema educativo. Está trazado el camino: sólo falta la inquebrantable voluntad de recorrerlo hasta el fin.
Por Bartolomé de Vedia
No caigamos en la tentación
De hacer de nuestra vocación
Una mercancía
Que se vende
Y que se compra;
De olvidarnos
De los marginados de la cultura;
De reducirnos a ser funcionarios
Al servicio de una enseñanza
No comprometida con la vida;
De callar por miedo,
Cuando debemos hablar
Para defender los derechos
De nuestros alumnos
De nuestros compañeros de trabajo
Y de cualquier persona;
De desalentarnos entre el peso
Y las dificultades de cada día;
De perder la confianza
En nuestro alumnos,
De domesticarlos con el autoritarismo
Que borra la originalidad
De cada uno.
Los educadores debemos ser conscientes de que la modernidad y la posmodernidad han puesto en crisis todas las certezas y por consiguiente las concepciones éticas con fundamentos sobrenaturales, y los valores como algo fijo y eterno. El “ser” del hombre se concibe hoy como un permanente “hacerse”, o como dice el existencialismo “la esencia del hombre es su existencia”, es decir, que la esencia no nos es dada de antemano y para siempre, sino que somos nosotros mismos quienes, a través del diario quehacer, vamos poco a poco construyendo nuestra esencia, nuestra humanidad. Enfoque valiosísimo que ayuda a tomar más en serio, y con mayor preocupación la educación, y en particular la educación ética. “Frente a los numerosos desafíos del porvenir, la educación constituye un instrumento indispensable para que la humanidad pueda progresar hacia los ideales de paz, libertad y justicia social”.
Por otra parte, en el desarrollo del pensamiento, y mejor aún, dentro del lenguaje filosófico, el uso generalizado del concepto de valor es reciente. Comenzó a darse a partir de Nietzsche y de la fenomenología, de la cual nace precisamente “
Con la crisis moderna y posmoderna de la metafísica, entra naturalmente en crisis la noción de “ser en sí “ o “por sí”, como también la idea de que los valores se asimilan al ser, cuestionando, naturalmente, la objetividad, la universalidad y la eternidad de los valores. Ahora el centro de actividad en todos los órdenes se pone en el hombre mismo, y no fuera de él, relativizándose así el horizonte ontológico del ser. O como bien dijera Martín Beber, “finalmente todo lo que se halla frente a nosotros, todo lo que se dirige a nosotros y toma posesión de nosotros, toda participación de la existencia, todo se disuelve en una flotante subjetividad”(3). Pero todo no es malo en esta crisis. No hay duda que el fundir y confundir “ser” y “valor” tenía el serio problema de absolutizar los valores, de tomarlos como verdades inamovibles, además llevaba al antropologismo y axiologismo del ser, cualificando las realidades de “buenas” o “malas”, cualificación que empañaba la visión objetiva de lo humano, o terminaba absolutizando el valor religioso o teológico, como sucedió en la cultura de
La modernidad defenderá la autonomía de todas las esferas del valor. Verdad-error; belleza-fealdad; bien-mal. Hoy por ejemplo, se defiende, entre otras cosas, la autonomía del arte, el cual no es ni bueno ni malo, sino simplemente “bello” o “feo” (“arte” o “no arte”), puesto que las categorías estéticas van mucho más allá de los conceptos de “belleza” o fealdad”.
El debate apunta a mostrar la relatividad de los valores, relatividad que ya empezó a ser planteada por Montaigne en sus Ensayos cuando dice: “¿Qué clase de valor es este que con sólo cruzar las aguas de un río se convierte en su contrario?” Son sin duda incontables los ejemplos que podemos argüir para mostrar la pluralidad, relatividad, y temporalidad de los valores humanos. Pero esta indudable relatividad del valor nos ha llevado a los más extraños y peligrosos relativismos y psicologismos, pero dio también pie a un nuevo desarrollo de
No debemos tampoco olvidar los educadores, que al perderse el horizonte de la metafísica tradicional,
Es indispensable volver a un pensamiento integrador, no excluyente del problema del valor y del ser, puesto que como bien señala Heidegger en Ser y Tiempo, “no hay hombre sin mundo”. El valor surge de la capacidad humana de interpretar el mundo, de transformarlo en función de su “proyecto de vida” no sólo individual sino también social y comunitario. Aquello de que “vale porque lo deseo”, debiera transformarse en “deseamos lo valioso porque es valioso” no sólo para mi sino también para los otros que comparten mi quehacer en el mundo, mi historia, mi temporalidad. Por ejemplo, deseamos la paz porque nos damos cuenta de su valor vital, y por ello hacemos todos los esfuerzos necesarios para conseguirla.
Necesitamos construir una ética que rechace rotundamente el maquiavelismo de “el fin justifica los medios”. Necesitamos volver a un nuevo ontologismo que comprenda que el sujeto del valor es el hombre en su ser mismo, es decir, en su naturaleza, en su physis; necesitamos una ontología no esencialista, que pueda dar razón de la eticidad y la historicidad humanas, capaz de descubrir los rasgos universales y permanentes que son la fuente del antropologismo del valor. Por ejemplo, la necesidad que todo ser humano tiene de valorar, sin que por ello se desconozca su necesidad de diferenciar, y en tal sentido, preferir actuar de esta o de otra manera. Diferenciación que exige tener un hondo sentido social y una fuerte dosis de equidad.
Necesitamos educar en
La ética precisamente empieza cuando el hombre es capaz de aceptar que “no todo le da igual”. La vida humana es elección permanente, es un proceso de apropiación de posibilidades, y el éxito está en elegir lo más apropiado desde el fondo de nosotros mismos, es decir, con responsabilidad. “En apropiarse de las mejores posibilidades vitales para forjarse un buen carácter consiste la sabiduría moral, y a esa necesidad originaria de elegir llamamos libertad en un sentido básico. Puesto que estamos “condenados” a ser libres, a tener que elegir, lo más inteligente es hacer buenas elecciones, forjarse un buen carácter, que es en fin de cuentas en lo que consiste ser bueno”. El “todo vale” es la mayor señal de deshumanización de una cultura, una
Sociedad o un pueblo. Pero valorar es también definir prioridades, y sobretodo jerarquizar (de ahí la clásica distinción sobre “sí está primero el bien y el deber que el placer”, o “sí vale más la verdad que la utilidad”).
La valoración como capacidad humana se explica porque el hombre es una “naturaleza posible”, es decir abierta, no una mera necesidad ambivalente e unívoca. La naturaleza humana, como antaño lo señala Aristóteles, es potencial. El hombre, como hemos insistido en este artículo, es en últimas libertad, y esta libertad suele identificarse con humanidad. El hombre no es sólo lo que es, “es alguien en potencia, capaz de llegar a ser”, es un ser que está permanentemente construyéndose, en otras palabras, es un ser capaz de perfeccionamiento.
En fin, la capacidad valorativa del hombre nos muestra que éste lleva en sí mismo su propia contingencia, como bien lo viera Sartre al afirmar que “el hombre es un ser en proyecto”. Nuestra ética debe mostrar a los jóvenes que la libertad humana es contingente, puede no ser o ser de otra manera, sirve para perfeccionarnos y progresar, o para destruirnos. El hombre es radical alteración (cambio temporal) y fundamental alteridad (diversidad, individualidad). El hombre es eros y tánatos (amor y muerte) dice Freud en “El malestar de la cultura”.
Las pulsiones creativas (eros) son pulsiones de vida en permanente lucha contra las pulsiones de muerte, en donde está la clave, según el creador del Psicoanálisis, de la civilización, y su única esperanza de sobrevivir. Pensamos que una educación integral que no olvide la educación ética, puede ayudar a acrecentar en el hombre sus “pulsiones de vida”, optando por la creación y reconstrucción, más que por la destrucción y la muerte. Educar en una ética de cara al futuro, que le ayude al hombre a comprender su responsabilidad no sólo en el presente, sino también en el futuro de la humanidad, maximizando el conocimiento de las consecuencias de nuestros actos y omisiones. La educación ética es indispensable, como lo hemos repetido varias veces en este ensayo, para ayudar al hombre a construirse “esa segunda naturaleza”, ese “arte de bien vivir” que le posibilite realizarse plenamente como humanidad.
En la última década, se han marcado de forma permanente dos elementos claves en la transformación educativa: cambio y docente.
Alliand y Duschastzky diferencian dos formas de aproximarse a las relaciones entre profesor y cambio. Dependiendo de la perspectiva, señalan las autoras, el profesor puede definirse en tanto "objeto" de posibles transformaciones futuras (a ser cambiado), o en tanto "sujeto", promotor e impulsor de las transformaciones necesaria en la escuela.
Desde una perspectiva técnica el cambio educativo y el mejoramiento de las prácticas pedagógicas se asume como condición necesaria para el mejoramiento de la eficiencia del sistema con vistas al logro de mejores niveles de aprendizaje (calidad) en los distintos niveles socioeconómicos (equidad), desde un referente crítico el cambio educativo pasa no sólo por un aumento de la capacidad del sistema de lograr sus propias metas, sino que supone una visión crítica respecto de las condiciones en que se determinan las metas del sistema escolar y del rol que cumple la escuela en la generación de condiciones de igualdad y participación democrática (evaluación).
La práctica reflexiva ocurre dentro de un contexto social, entendiendo que la educación es una actividad social que involucra múltiples participantes y que ocurre en un lugar específico. Por esta razón es importante considerar el conocimiento de los elementos contextuales cuando se estudia la práctica reflexiva de los profesores.
Una práctica profesional implica la competencia de una comunidad de prácticos que comparten las tradiciones de una profesión. Comparten convenciones de acción que incluyen medios, lenguaje e instrumentos distintivos. Funcionan en el marco de instituciones de un tipo muy particular. Sus prácticas se estructuran en términos de formas particulares de unidades de actividad y son modeladas a nivel social e institucional de manera que se repiten determinados tipos de situaciones.
El carácter social de la práctica reflexiva se relaciona a su vez con el modo de interpretar los modos en que se construye el rol social del docente. En tanto se reconoce en una imagen que le permite incluirse y desarrollar una función; es decir, lo es en tanto se sujeta a la imagen de la función, la cual es una representación en la que se sintetiza una concepción del hacer y las condiciones institucionales para el desenvolvimiento del mismo.
En esta perspectiva, que tiene como fundamento una concepción del docente como profesional reflexivo, se asume que es en primer lugar un profesional, esto es, que en vez de limitarse a replicar mecánicamente soluciones ensayadas por otros para resolver las situaciones que se plantean en la práctica pedagógica, indaga constantemente, tanto en forma individual como colectiva, soluciones creativas y pertinentes a la realidad de los alumnos, en una acción que implica activar tanto los conocimientos teóricos adquiridos en la formación profesional como aquellos que surgen de su experiencia individual y colectiva de enseñanza.
En segundo lugar, es un profesional reflexivo, que construye su propio conocimiento manteniendo una disposición de alerta intelectual, que le permite plantearse críticamente no sólo respecto de los procesos educativos y sus resultados, sino que además revisa y cuestiona los supuestos y las implicancias sociales sobre los cuales funda su actividad profesional.
Como consecuencia de este enfoque se propone constituir a las escuelas en centros de actividad reflexiva en donde, a través de la interacción con sus pares, los educadores participan activamente en la reflexión acerca de los problemas de la práctica, centrando el diálogo e intercambio profesional en el proceso de generar y manipular conocimientos y respuestas educativas pertinentes a los contextos y especificidad de las realidades en que se desempeñan.
Asimismo, Gimeno Sacristán afirma que "la reflexión es un método para lograr más altas cotas de racionalidad en la práctica y en las mismas creencias, un proceso que la educación debe consolidar como disposición permanente y abierta para someter a elaboración y revisión constante ‘lo que nos parece el mundo’ y las contradicciones entre algunas de nuestras creencias".
Las ámbitos de reflexión y las instancias colectivas constituyen una modalidad de capacitación que se inscribe n os procesos de profesionalización docente. Son espacios de aprendizaje para los que enseñan, que buscan crear adecuadas condiciones personales e institucionales para lograr el mejoramiento de las prácticas educativas. Estos espacios promueven potencialmente cambios en la organización del trabajo docente, la cultura profesional e institucional y los modos de formación.
Estos espacios procuran introducir una forma de organización del trabajo, que permite a los docentes asumir una mirada conjunta de los desafíos de su ejercicio profesional, transitar caminos de reflexión y análisis de los problemas más frecuentes, compartir momentos de aprendizaje y superar la falta de mirada integral del sentido de accionar de cada integrante de la institución.
Para ello que "mejorar la calidad y la motivación de los docentes debe ser una prioridad en todas las instituciones educativas. Y esa calidad depende de la reflexión personal y colectiva:
"Por tanto, a los docentes les concierne también este imperativo de actualizar los conocimientos y las competencias. Hay que organizar su vida profesional de tal forma que estén en condiciones e incluso que tengan la obligación, de perfeccionar su arte y de aprovechar las experiencias realizadas en las distintas esferas de la vida económica, social y cultural" (Delors, 1996, p.176-177).
¡Feliz de ti, Docente Educador,
si tienes un alma de pobre!
Si tienes un corazón desapegado,
para no prostituirte en pos del dinero
y de las posesiones.
Feliz de ti,
si tienes un corazón pobre,
sencillo y fraternal,
servicial y amistoso,
libre de soberbia,
vacío de prepotencias.
Feliz de ti,
si no te sientes dueño de tus alumnos,
sino servidor;
si no te sientes dueño de la verdad,
sino su buscador y peregrino;
si estás siempre abierto y dispuesto
a crecer aprendiendo lo nuevo.
Feliz de ti,
si puedes acercarte a tus alumnos
con la vulnerable autoridad de un servidor,
sin recurrir defensivamente a la riqueza
del poder autoritario.
Feliz de ti,
mientras reclamas la justa remuneración
de tu trabajo,
no mides tu misión en dinero,
porque sabes que tu tarea
trasciende esas medidas
y que la persona de tus alumnos
no se cotiza en oro.
Fuente:René J. Trosssero, del texto Bienaventuranzas de los docentes
El docente, debe recordar su época de estudiante y plantearse interrogantes sobre los aspectos académicos, acerca de las personas, del ambiente y reflexionar sobre esos hechos, para comprender mejor algunas de las inquietudes de los alumnos (as) que ahora tiene en el salón de clases y entender que...
Ser Docente, es algo complejo, sublime y más importante que enseñar matemática, biología, inglés u otra asignatura. Educar es alumbrar personas autónomas, libres y solidarias. Es ofrecer los ojos propios para que los alumnos (as) puedan mirar la realidad sín miedo.
Ser Docente, no implica solo dictar horas de clases, sino dedicar alma. Exige no solo ocupación, sino vocación de servicio. Es necesario cooperar con ellos para que hagan el mejor uso de las posibilidades y potencialidades.
Ser Docente, es ser un estilista de almas, un embellecedor de vidas; tiene una irrenunciable misión de partero del espíritu y de la personalidad. Es alguien que entiende y asume trascendencia de su misión, consciente de que no se agota de impartir conocimientos o propiciar el desarrollo de habilidades y destrezas, sino que se dirige a formar personas, a enseñar a vivir con autenticidad, sentido y proyectos, con valores definidos, con realidades, incógnitas y esperanzas.
Ser Docente, consiste en brindar vuelos de altura, sembrar utopía, estar siempre abierto a la aventura de lo desconocido, al riesgo de las cumbres, exploradores de nuevos horizontes y mundos más humanos construidos mas allá de los gritos y de la impaciencia.
Ser Docente, es ofrecer una varita mágica a los niños para que puedan volar con sus fantasías, recorrer los caminos de la imaginación, visitar estrellas y países encantados, hablar con mariposas y tulipanes, descubrir horizontes insospechados y descansar con el pecho de la luna.
Ser Docente, es guiar a los alumnos a la maduración de una fe. El educador creyente deberá reflejar su fe en su propia vida. Por eso, dentro de sus limitaciones, tratará de caminar siempre al lado de sus alumnos, dispuesto a atenderle con especial cariño y dedicación sobre todo cuando estén en serios problemas y dificultades. Que los alumnos sientan que siempre podrán contar con su ayuda y comprensión y nunca estarán solos.
Ser Docente, es más que inculcar respuestas e imponer repeticiones, conceptos, formulas y datos, es orientar a los alumnos a la creación y el descubrimiento, que surgen de interrogar la realidad de cada dá y de interrogarse permanentemente. Es formar individuos críticos, libres,democráticos, innovadores, trabajadores y con sentimientos nobles.
Ser Docente, no es ser un suplicante ni buscador de faltas, ni descalificado de los demás, ni un ciego que da palos a diestra y siniestra... Es una persona estudiosa, paciente, serena interiormente y amante de la profesión docente.
Sabemos que Educar Implica: Compromiso, Responsabilidad, Vocación y Amor por lo que Hacemos.
Ser un profesional significa ser un especialista. El ingeniero civil es especialista en construcciones, el médico es el especialista en salud y sus cuidados. Un docente es la persona más apta e idónea para el ejercicio de la educación.
Consciente de su papel coprotagónico con el educando, el educador vive por vocación la urgencia de autoeducarse .
Pero ese perfeccionamiento permanente se asume e una perspectiva madura como un llegar a ser cada ve mejor para servir mejor a los otros, que en la ruta interior de su llegar a ser necesitan un clima de riqueza e valores del espíritu.
Se educa mas por lo que se es que por aquello que se dice y que se hace. El educador percibe así que su personalidad es el instrumento privilegiado para su tarea educativa. Pero su noble función es al mismo tiempo la de ser humilde y necesaria presencia, catalizadora para la eclosión de la personalidad de los otros. Por eso en este caso la palabra educador no es mero adjetivo añadido a la persona, sino propio de una personalidad rica en valores. No es mera asistencia funcional, sino presencia huma0a personalizante.
Por eso mismo su profesión es un vocación vital, integradora de todas sus facetas personales en un compromiso de donación de sí. Le toca sabe prudentemente "desvivirse" para que otros vivan. Tal es el amor pedagógico.
No hace falta recordar aquí todo cuanto hemos dicho sobre las metas de la madurez y que ya hemos señalad como tarea del educador sobre sí mismo para poder pro moverlas en sus educandos. Pero al recordarlo, resulta evidente que no puede ser un buen educador quien se conforma con ser mediocre.
C.E.A. "Educación y proyecto de vida" n* 87